30 junio 2009

LOS SARCÓFAGOS DE CÁDIZ

ARTE FENICIO EN EL OCCIDENTE HISPANO

Casi con toda seguridad, esta mujer y este hombre jamás se conocieron. Aunque vivieron en la misma ciudad, lo hicieron en momentos diferentes, separados por más de cincuenta años de distancia temporal. Sin embargo, reposan juntos, uno al lado del otro como si de dos enamorados se tratase, en el mismo museo de la ciudad de Cádiz. Y aunque el tiempo los ha unido, ahí siguen sin trato ni comunicación alguna entre ellos, inertes en la frialdad del mármol con el que fueron transmutados en sarcófagos antropoides, acreditados ambos como las más importantes muestras artísticas de la presencia fenicia en el occidente hispano, en la antigua ciudad de Gadir o Gadeira, a las que algunas fuentes escritas (quizás algo exageradamente) le asignan una fundación hace ya más de tres mil años.

Ambos sarcófagos nos hablan de una moda difundida en algunas ciudades fenicias (sobre todo en Sidón) hace más de dos mil quinientos años: el enterramiento por inhumación en un sarcófago, pétreo por la materia con la que se elaboraba y antropoide por la intención de reflejar de alguna forma rasgos del personaje que acabaría ocupando su interior. Costumbre heredada de la ya existente en el mundo egipcio desde bastante tiempo atrás. Ya se sabe: los fenicios y su eclecticismo cultural. Cuestión curiosa ésta en un pueblo de marinos y comerciantes, poco dados a las esculturas de gran tamaño. Pero la vida eterna, claro está, admite otras consideraciones.

Por otra parte, los dos sarcófagos gaditanos comparten características comunes, como si hubiesen sido realizados por el mismo taller de origen sidonio, de imposible localización, aunque es evidente una cierta influencia de la escultura griega del denominado "estilo severo". Ambos alcanzan más de dos metros de longitud, presentan dos elementos separados, la caja y la tapa (originalmente policromada), y fueron hallados en sepulturas consistentes en cistas realizadas con sillares. Quienes los realizaron pusieron mucha más atención en el relieve del rostro, pese a su evidente hieratismo, que en el de los pies y los brazos. En el caso del ejemplar femenino, los pechos están levemente marcados. Comparten también el evidente eje de simetría longitudinal, la disposición de ambos brazos, flexionando el izquierdo para hacer más natural la sujeción de un objeto en la mano y, algo interesante, la labra casi idéntica del cabello, como si una moda unisex se hubiese apoderado de las creencias funerarias del momento, no sólo en lo que a peluquería se refiere, sino también a la vestimenta, porque las dos figuras lucen una túnica sin decoración alguna, de la que sobresalen los pies.

Sarcófago antropoide femenino (Primera mitad del siglo V a.C.). Cádiz.
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El sarcófago femenino es algo más antiguo, quizás realizado hacia el 475 a.C. Representa a una mujer de mediana edad (el cadáver que contenía debía tener entre 35 y 40 años en el momento de la muerte) cuya mano izquierda sostiene un alabastrón, la típica vasija de la antigüedad empleada para contener perfumes y ungüentos valiosos. El peinado está realizado mediante tres tiras de bolas que semejan bucles o rizos. Llama la atención el excepcional estado de conservación de la pieza, de manera que los detalles del rostro pueden apreciarse por completo.
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Por su parte, el sarcófago masculino, de menor calidad en el acabado, debió realizarse hacia el año 425 a.C. También nos presenta a un individuo de edad madura, dotado de luenga barba y bigote. En su mano izquierda porta una manzana, mientras que junto a la derecha se representó pintada una corona de flores, ya prácticamente perdida. Su peinado es en todo semejante al de su compañera. En este caso, el deterioro del mármol es mayor y los rasgos faciales pueden apreciarse con menor detalle.
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Sarcófago antropoide masculino (Segunda mitad del siglo V a.C.). Cádiz.
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Es muy improbable que sepamos alguna vez con absoluta certeza dónde se realizaron estos magníficos ejemplos de escultura funeraria y quiénes fueron los personajes que se sepultaron en su interior. Pero en todo caso ahí quedan, mudos testigos del intercambio de tendencias artísticas en la cuenca del Mediterraneo en la época en que unas naves fenicias, dedicadas a los intercambios comerciales, cruzaban de un lado a otro ese mar. Y más allá. Pasadas las columnas de Hércules.

Más información sobre los dos sarcófagos fenicios en esta página de arqueología. Además, el Museo de Cádiz los recoge también en su Web y aquí pueden leerse otras noticias curiosas sobre el hallazgo del ejemplar masculino.

28 junio 2009

AUGUST MACKE

UNA VIDA (BREVE) DEDICADA AL ARTE

Alguna vez leí una bonita anécdota sobre un joven aprendiz de pintor que, a la edad de dieciséis años, va caminando en solitario por una calle de Bonn. De repente, se cruza con una muchacha y al punto siente una especial atracción hacia ella, de modo que el joven hace todo lo posible por conocerla. Y lo consigue... hasta tal extremo que unos años después, acabará casándose con ella y retratándola en numerosas ocasiones.

August Macke: Naturaleza muerta" (1911).

Ese joven se llamaba August Macke (1887-1914) y la anécdota es bien demostrativa de un claro componente de su personalidad: el entusiasmo que ponía en todo aquello que le atraía. Nacido en una pequeña ciudad alemana de provincias, el inicio del siglo XX llevó a su familia a Bonn, donde Macke cursó estudios de arte que amplió en Düsseldorf y Berlín. Sin embargo, el ambiente académico no parecía atraerle demasiado, de manera que en 1907 decide realizar un viaje a París, donde toma contacto con las obras de los impresionistas y con las de autores como Cezanne y Matisse. De vuelta a Alemania el joven pintor que nunca llegó a viejo decide vincular sus obras a las corrientes de vanguardias. Y lo hará, hasta tal punto, que en los siete años que le quedan de vida conocerá de manera directa a algunos de los más importantes artistas europeos de la época: Franz Marc, Kandinsky, Robert Delaunay o Paul Klee.

No es poco lo que August Macke llevó a cabo en esos siete años. Tras pasar por un breve periodo en el que la influencia de la estética fauvista es bien evidente, en 1911 encontramos al joven artista formando parte de la exposición colectiva con la que se dio a conocer el grupo inicial de pintores de "El jinete azul", vinculándose de este modo con una de las dos grandes corrientes del expresionismo alemán. Sin embargo, tan sólo un año más tarde, y de nuevo en Francia, su contacto con Delaunay le lleva a experimentar con el cubismo y a indagar en la relación entre formas y colores. Incluso tuvo ocasión de aproximarse brevemente a la estética del futurismo.

August Macke: Niños en la fuente" (Hacia 1912).
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En la primavera de 1914 Macke realiza junto con Paul Klee un corto viaje a Túnez. Fruto de aquella experiencia es una impresionante serie de obras, sobre todo acuarelas, en las que el pintor muestra su interés por captar, desde su peculiar mirada, los ambientes del país norteafricano. Son casi breves apuntes en los que combina la simplicidad de las formas, captadas en sus volúmenes básicos, con una amplia riqueza cromática. Todo ello junto a la presencia de unos personajes anónimos en los que el rostro se reduce a una simple mancha de color, tendencia que, salvo en sus retratos iniciales, siempre había caracterizado su representación de la figura humana.
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Unos meses después de ese viaje iniciático Macke regresó a Europa, cuando faltaba muy poco para que diese comienzo la Primera Guerra Mundial. Unos días después del inicio del conflicto fue llamado a filas. La muerte, otro personaje de rostro anónimo, como el de muchos desus cuadros, estaba esperándole en uno de aquellos campos de batalla, en Francia. Tenía solo veintisiete años. Seguramente, le quedaba mucho por pintar.
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August Macke: "En el bazar" (1914).
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Podéis ver más obras de August Macke en este enlace. Además, esta página alemana, que lleva el nombre del pintor, está por entero dedicada a él. Por otra parte, la casa donde vivió Macke en Bonn es ahora un museo en cuya Web (en alemán e inglés) se ofrecen también algunas informaciones sobre su vida y su obra. Para concluir, en esta presentación os dejo una panorámica de la evolución de su pintura. La acompaña, de fondo musical, la melodía "Valsa da Tunicia", de Vinicius de Moraes.

26 junio 2009

THEODOROS STAMOS

TRES AÑOS DE ENSEÑ-ARTE

Hoy, 26 de junio se cumplen tres años del inicio de este blog. Aunque aquí no somos especialmente dados a las conmemoraciones, quizás sea este un momento de de breve celebración para un blog de carácter docente, que ha pasado ya el millón de visitas y que acaba de ser nominado blog del mes en Educared. Pero aquí de lo que se trata es de escribir de Arte y, en esta ocasión lo hacemos con un artículo (algo más extenso de lo habitual) dedicado a un expresionista abstracto poco conocido: Theodoros Stamos. Con este texto iniciamos una colaboración con una interesante iniciativa: la revista electrónica Atticus, de la que daremos noticias más adelante. Hablemos ahora de pintura.

THEODOROS STAMOS: PARADOJAS DE UN EXPRESIONISTA ABSTRACTO

En enero de 1951 la revista Life publica una fotografía de Nina Leen, tomada a fines del año anterior, en la que figuran retratados quince artistas, todos ellos pintores. Muy pronto, y como consecuencia de un comentario de la crítica de arte Emily Genever, el grupo fue conocido con el calificativo de los irascibles. La razón de ello obedecía a que unos meses antes un grupo de dieciocho artistas (entre los que se encontraban los quince que figuraban en la fotografía) había dirigido una carta abierta al director del Metropolitan Museum de Nueva York, publicada en la primera página de la edición del New York Times del 22 de mayo de 1950. El objeto de la carta era mostrar la protesta del colectivo de artistas ante la actitud conservadora del jurado al que el citado museo había encargado la organización de una exposición sobre arte norteamericano contemporáneo. A juicio de los firmantes (a los que se adhirieron muy pronto algunos escultores) la “monstruosa” exposición que se preparaba para finales de 1950 dejaba completamente a un lado el arte que ellos mismos practicaban, al que calificaban de “avanzado”.

Nina Leen: “Los irascibles” (1950). Revista Life, enero de 1951.

Entre estos irascibles de la fotografía (catorce caballeros de aspecto circunspecto, todos ellos con chaqueta y corbata, y una dama elegante, tocada con boina) se encontraban algunos de los más destacados representantes de lo que hoy denominamos Escuela de Nueva York: Mark Rothko, Willem de Kooning, Jackson Pollock o Clyfford Still. En suma, los creadores del expresionismo abstracto norteamericano, la corriente pictórica que sorprendió al mundo en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Aunque sus planteamientos estéticos no fueron en absoluto uniformes, debe reconocerse la originalidad de sus posiciones y, precisamente, la conciencia de compartir el interés por abrir nuevos caminos a la expresión pictórica, planteados desde la abstracción.

Tal vez, uno de los personajes menos conocidos de la fotografía sea el que figura en su extremo izquierdo, sentado en primer plano. A sus veintiocho años era el más joven de todo el grupo. Se llamaba Theodoros Stamos (1922-1997) y su biografía está llena de paradojas. Había nacido en Nueva York, pero en el seno de una familia de origen griego, emigrada a Estados Unidos en busca de nuevas oportunidades. Sin embargo, él terminó sus días en la isla donde había nacido su padre. A los ocho años un accidente le supuso la pérdida del bazo, pero fue en su periodo de convalecencia cuando realizó su primer dibujo. Más paradojas: cursó estudios medios en un instituto neoyorquino, aunque los abandonó en 1939, pocos meses antes de graduarse; quería dedicarse a la pintura, pero durante muchos años regentó una pequeña tienda de marcos para cuadros en el sur de Manhattan, así que para avanzar en su formación visitaba galerías y tomaba clases nocturnas de arte, aunque fue expulsado de la escuela a la que asistía por sus actividades filocomunistas. Mientras, poco a poco iba conociendo a los personajes con los que acabaría posando en la famosa fotografía de 1951. Para entonces ya había realizado algunas exposiciones (la primera en 1943), mostrando obras que dejaban bien clara su atracción hacia el surrealismo. Y fue precisamente en la década de los 50 del siglo pasado cuando su personalidad artística se consolida, vinculándose ya al expresionismo abstracto, al tiempo que comienza a dar clases de pintura y a impartir algunas conferencias en las que sobre todo aborda la relación entre el arte y la naturaleza. Nueva paradoja: el pintor que no había concluido sus estudios medios terminaría por dar clases como invitado en algunas de las más prestigiosas universidades norteamericanas.

Theodoros Stamos: “Sin título” (1943).
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Pero la que probablemente fue la mayor paradoja en la vida de Stamos sucedió tras el suicidio de su íntimo amigo Mark Rothko, en febrero de 1970. Stamos fue una de las tres personas encargadas de administrar, como albaceas, el legado artístico del pintor. Unos meses más tarde de aquel suceso, el tutor de los hijos del artista fallecido entabló un largo pleito contra los albaceas, a los que acusó de malvender a una galería neoyorquina un elevado número de obras, cobrando además grandes comisiones por la transacción. Tras varios años de sesiones, el juicio se resolvió en 1977: el tribunal acabó apoyando a los demandantes, destituyó a los albaceas y les impuso, junto a la galería, sustanciosas multas. Stamos, en concreto, tuvo que entregar su propia casa a los hijos de Rothko, aunque conservó el usufructo durante toda su vida.

El caso Rothko provocó una drástica caída de la valoración artística de Stamos en los Estados Unidos, mientras que de manera progresiva (nueva paradoja) iba incrementándose su popularidad en Europa. Quizás fue esa situación la causa de que el artista pasase cada vez más tiempo en Grecia, hasta acabar instalándose definitivamente en la isla de Leucas (Lefcada), donde había nacido su padre. Y allí siguió trabajando a ritmo vertiginoso, hasta que en 1993 un accidente vascular cerebral mermó grandemente sus facultades. Murió cuatro años después.

Theodoros Stamos: “Sin título” (1945).

Un breve repaso a la obra de Theodoros Stamos debe tener presentes los temas por los que el artista sintió especial interés: la naturaleza, la temática surrealista, las artes primitivas y el misticismo de raíz asiática. Cuatro pilares que explican la evolución de su pintura, en la que encontraremos como no podía ser de otra manera numerosas concomitancias con otras figuras del expresionismo abstracto, al tiempo que diversas influencias de los grandes maestros de esa corriente pictórica.

En la trayectoria artística de Stamos puede distinguirse un primer periodo de formación, que viene a corresponderse con los años de desarrollo de la Segunda Guerra Mundial. En esa época, muchos artistas europeos abandonaron un continente asolado por la guerra y se instalaron en los Estados Unidos, donde difundieron la obra de las vanguardias europeas y acabaron ejerciendo una considerable influencia sobre los artistas locales. En este primer periodo, las primeras exposiciones de sus cuadros reflejan tales influencias y hay presentes en sus obras elementos procedentes de diversas corrientes, siendo especialmente relevantes los derivados del expresionismo y el surrealismo. Pero, por otra parte, su pintura acusa también influencias del norteamericano Milton Avery quien, aun manteniéndose dentro de la tradición figurativa, transmitió a Stamos el interés por las composiciones sencillas y el manejo ordenado del color.

Theodoros Stamos. Superior: “Movimiento de las plantas” (1945). Derecha: “Cíclopes” (1947).

En la segunda mitad de la década de los 40 la pintura de Stamos se instala en una balbuciente abstracción, muy próxima a los presupuestos del surrealismo y muestra evidentes influencias de la obra de Joan Miró. Es la etapa de sus trabajos biomórficos, con algunas semejanzas con los que viene realizando Mark Rothko desde unos años antes. Pero, en su caso, sus composiciones e pueblan de referencias a la naturaleza: el sol, las plantas, la propia tierra o el mar son sus fuentes de inspiración, al mismo tiempo que, en ocasiones, sitúa en estos escenarios personajes de carácter mitológico, como ocurre también en algunas obras de Rothko y de otros miembros de la Escuela de Nueva York. Es Al final de este periodo cuando el pintor puede viajar por primera vez a Europa. Allí visita la tierra de sus antepasados y tiene la ocasión de conocer directamente a algunos de los artistas más destacados del momento. Cuando regrese a Estados Unidos volverá impactado por la naturaleza y la luz del Mediterráneo, pero también por las pinturas orientales (sobre todo, japonesas) que ha podido conocer en algunos museos.

Es precisamente tras su regreso al país, justo en el momento en que la Escuela de Nueva York y, con ella, el grupo de los irascibles, van a darse a conocer, cuando Stamos aborda ya el giro definitivo en su pintura. Optará definitivamente por la abstracción como vía de expresión. En un primer momento, hasta mediados de los años 50, sus trabajos podrían calificarse como de abstracción caligráfica. Prácticamente, ha desaparecido todo elemento figurativo, sustituido por áreas de color. Sin embargo, en sus obras de estos años la línea ocupa un papel de primera importancia. En otras ocasiones, sutiles pinceladas crean ritmos diversos en el cuadro. Todo ello viene a explicitar la atracción de Stamos por el dibujo de procedencia oriental. Su serie “la casa del té” es bien demostrativa de ese interés que combina con el afán de reflejar efectos lumínicos. De nuevo aquí podemos ver algunos paralelos con las obras que realizó Mark Rothko en su denominado “periodo de transición”.

Theodoros Stamos: “Sin título” (1950).

En la misma estela de Rothko, aunque de manera algo más tardía en sus inicios, el periodo más clásico de Stamos se desarrolla entre los años 1954 y 1963. Sus cuadros muestran ahora las amplias superficies de los campos de color que caracterizaron a algunos expresionistas abstractos norteamericanos. En su caso, tales campos de color sirven como vía para mostrar sus intereses de siempre, sobre todo la naturaleza. Esta quizás sea su mayor y más personal aportación a la corriente pictórica a la que perteneció: la abstracción no tiene porqué renunciar a la representación de los elementos naturales, el mar, la tierra, el sol, aunque lo hará preferentemente a través del empleo del color, que Stamos ordena en el cuadro, según corresponda al tema sobre el que trabaja. Los colores vibrantes y la misma textura de la materia pictórica serán los elementos predominantes en su personal lenguaje.

Theodoros Stamos: Izquierda: “Campo blanco” (1961). Derecha: “Delphi” (1959).

En algunos de esos cuadros podemos encontrar una cierta similitud con los del periodo más conocido de Mark Rothko, con la diferencia de que mientras éste tiene tendencia a disponer las franjas de color en estratos horizontales, Stamos recurre sobre todo a organizaciones verticales. En otras ocasiones, sin embargo, los paralelismos son evidentes con las obras de Clyfford Still: en este caso una o más manchas de un determinado color parecen derramarse sobre otra de mayor tamaño y que las recibe como fondo. Por lo demás, estos son los años en que la popularidad de Stamos, como la de los otros miembros de la Escuela de Nueva York, se consolida, mientras que de forma paralela su obra va adquiriendo mayores cotizaciones. Participa en numerosas exposiciones, entre ellas la colectiva sobre nueva pintura americana organizada por el MOMA de Nueva York, viaja al extranjero con más asiduidad y es solicitado frecuentemente como conferenciante.

Desde un punto de vista formal Stamos ya no abandonó el abstracto y la pintura de los campos de color, aunque mostró una clara evolución con una tendencia cada vez mayor a la simplicidad que parece acercarlo a los primeros planteamientos del minimalismo. Se ha calificado a su pintura de los años comprendidos entre 1963 y 1970 como de “cajas de sol”: habitualmente el lienzo está cubierto por un único color, normalmente blanco, sobre el que se superponen algunas delgadas líneas y una caja aproximadamente rectangular que busca centrar la atracción del espectador. Ahora, además del óleo, aplicará también a sus lienzos pintura acrílica y mostrará un menor interés por las texturas, centrándose preferentemente en la propia estructura interna y bien sencilla de la composición.

Superior. Theodoros Stamos: Izquierda: “Caja de sol egea - 2” (1964). Derecha: “Caja de sol egea” (1967).

El suicidio de Rothko, con quien le unía una amistad fuera de toda duda, debió marcar en profundidad el carácter de Stamos, quien hubo de enfrentarse poco después a las repercusiones del famoso caso al que más arriba hemos hecho referencia. Para entonces, el artista incrementa el ritmo de sus viajes a Grecia y pasa largas temporadas en la isla natal de su padre, Leucas. Cuando el largo pleito concluye, Stamos es probablemente un hombre anímicamente derrotado. Quizás ello explique que aumente el número de sus viajes a Europa y que se concentre en las exposiciones que a partir de entonces van a realizarse sobre su obra en diversos países de dicho continente, donde se crea además una especie de asociación dedicada a difundir su trabajo y a reparar su reputación. Algunas de sus pinturas de estos primeros años de la década de los setenta dan cuenta explícita de la admiración que sentía por su amigo.

Inferior. Theodoros Stamos: “Campo infinito” (1972). “Campo infinito. Serie Lefkada” (1973).

Comienza así el periodo más extenso de su producción, entre 1970 y 1994, que ha sido definido como etapa de los campos infinitos. Mantiene los mismos intereses que ya mostraba su pintura en las dos etapas anteriores y muestra el mismo afán por una creciente simplicidad, que en algunos casos se concreta en la elaboración de obras tendentes a la monocromía. Pintando a gran ritmo, organiza el conjunto de sus cuadros por series, muchas de las cuales llevan por título el de Lefkada, el nombre griego de la isla de sus antepasados. Parece ahora que el hermetismo de su pintura se incrementa, como si el artista quisiera explicarse a sí mismo el propio hecho de pintar, atento sólo al elemento principal del cuadro: una verdadera explosión de uno o más colores que sin embargo atrapa la mirada del espectador y le muestra una peculiar visión de la naturaleza, interpretada desde sus elementos más relevantes.

Inferior: Theodoros Stamos: “Campo infinito. Serie Lefkada-8” (1978). “Campo infinito. Serie Lefkada” (1982).

Y en esas coordenadas, e instalado de manera definitiva en Grecia, se mantuvo la pintura de Theodoros Stamos hasta el accidente que le sobrevino en 1993 y que afectó gravemente a su salud. Trató de seguir pintando pero ya no disponía de facultades. Su último cuadro conocido es de 1994 y quedó inacabado. Otra paradoja.
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Más información sobre la vida y la obra de Stamos en esta Web (en inglés). Podéis ver más obras suyas en esta otra página.

24 junio 2009

ANTIBALAS AFROBEAT ORCHESTRA

AFROBEAT DESDE BROOKLYN

El grupo sobre el que escribo es poco conocido en España. Sin embargo, lleva ya más de diez años difundiendo su música desde Nueva York. O mejor dicho, desde Brooklyn, que está en esa ciudad pero que es un barrio que funciona con vida independiente de Manhattan, en todos los sentidos. Antibalas Afrobeat Orchestra se creó en 1998 de la mano de Martín Perna, al que se unieron un número variable de miembros (han llegado a ser dieciocho, ahora son doce) para tocar un tipo de música completamente deudora de la creada por el nigeriano Fela Kuti, fallecido un año antes: el afrobeat, esa ingeniosa combinación de cantos tradicionales africanos con el jazz y el funk, sin descartar otros sonidos y dejando también un espacio a la improvisación. Un ritmo que te lleva a mover las piernas de manera inconsciente. Y una música que apuesta además por la crítica política y la defensa de los derechos humanos.

En la amplia formación hay sitio para todo tipo de instrumentos: bajo, gitarras, saxofones, trompetas y, desde luego, muchas percusiones, entre las que llama la atención la presencia del shekere, la calabaza musical. Algo más de diez años después de su creación y con cuatro discos en el mercado el grupo ha introducido también instrumentos electrónicos en sus composiciones, pero si apartarse ni por un segundo de su vocación original. Sin embargo, no hay apenas electrónica en esta composición de 2004.

Aquí tenéis la página oficial de Antibalas, pero visitad también su sección en Myspace: podréis oir varias de las más conocidas canciones del grupo. Finalmente, aquí tenéis una crítica sobre Security, el último disco de este grupo mestizo que suena de maravilla.

18 junio 2009

LOS MARFILES DE BENCARRÓN

... Y LOS EXPOLIOS CONSENTIDOS DEL PATRIMONIO

Hace algo más de un siglo, un millonario norteamericano pone sus ojos en España. Quiere reunir obras de arte de nuestro país y organizar con ellas una colección monográfica que acabará cuajando en la creación de la Hispanic Society of América, con sede en Nueva York. Fue así como Archer Huntington llega a la península y comienza a satisfacer su afán coleccionista. Si algo le sobra, es dinero. En la provincia de Sevilla toma contacto con un inglés, George Bonsor, quien lleva ya unos años asentado en Andalucía dedicado a las excavaciones arqueológicas. Además, ha adquirido un castillo en la localidad de Mairena del Alcor y necesita grandes fondos para restaurarlo. De manera que el inglés acaba por vender al norteamericano muchos de los objetos que ha localizado en sus excavaciones, distribuidos en varios lotes. Todo ello, con el trasfondo de una legislación del país, que no prohibía la exportación de obras de arte. Ahora, parte de esos fondos de la Hispanic Society regresan provisionalmente a España, de donde jamás debieron salir, formando parte de una exposición itinerante con el poco afortunado título de "El tesoro arqueológico de la Hispanic Society of America".

Acudo a visitar en Sevilla la exposición y me doy allí de bruces con los famosos marfiles de Bencarrón, que Bonsor encontró en la necrópolis de ese nombre, situada en la comarca de Los Alcores, entre Alcalá de Guadaira y Mairena del Alcor (provincia de Sevilla): un conjunto de veinte estructuras tumulares, en su mayor parte de incineración. En 1895 Bonsor excavó uno de aquellos túmulos y localizó bajo él una fosa escalonada cuya cubierta se cerraba con una losa. En su interior se encontraron seis placas de marfil que originalmente debieron formar una pequeña caja en la que se depositarían las cenizas del cadáver. Se les asigna una cronología de fines del siglo VII a comienzos del VI a.C. Haber visto estas piezas tantas veces en fotografías no resta ni un ápice de emoción a su contemplación en directo.

Ahora puedo ver la famosa placa en la que se ha grabado la escena de un guerrero con rodilla en tierra que lucha con un león, mientras tiene tras sí a un grifo que parece protegerlo. Indudablemente, el artista no era de mucho mérito. Probablemente un indígena tartésico que seguía, tal vez sin ser muy consciente de ello, modelos procedentes del Próximo Oriente, traídos hasta aquí por los fenicios. Nuestro guerrero, que vemos de perfil, se viste con una túnica de manga corta, sujeta por un ceñidor en la cintura, y se cubre la cabeza con un casco empenachado. Su armamento se compone de una lanza que apunta al león y un escudo circular. Tanto la túnica como la forma de la barba recuerdan a precedentes sirios. Me admiran el pequeño detalle de la solitaria flor de loto que brota del suelo, en medio del combate, o el giro de la cabeza del león, cuyas fauces abiertas nos permiten ver la lengua. Hay quien opina que en realidad lo que vemos es una alusión simbólica a un proceso de iniciación real mediante el cual un personaje importante acababa convertido en una divinidad dominadora de la naturaleza. Pero yo creo que el artesano eborario que grabó la escena no pensaba en nada de eso. Cumplía con un encargo, si no es que repetía un modelo que ya se sabría casi de memoria.

Es curioso. Hace unos 2600 años una persona de cierta importancia murió en un poblado situado en las inmediaciones de Sevilla. Sus familiares procedieron a su sepelio según la costumbre local. Incineraron el cadáver y depositaron las cenizas en una cajita de marfil, que colocaron al fondo de una fosa sobre la que levantaron un túmulo. Dos mil quinientos años después un inglés localiza los marfiles y los vende a un rico norteamericano, que pagó por las seis placas 2100 pesetas de las de entonces. Me recuerda a las prácticas colonialistas de la época. Sólo que en España había entonces un gobierno que se regía por una constitución. ¿O tal vez éramos una colonia y nuestro patrimonio podía expoliarse legalmente?
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En la Biblioteca Virtual Cervantes podéis descargaros este amplio artículo sobre "el marfil en la Antigüedad" y este otro sobre "Las necrópolis protohistóricas de Los Alcores", donde se da cuenta de los marfiles de Bencarrón, sobre cuya excavación en 1895 se ofrecen curiosos datos en este blog.

14 junio 2009

GEORGES DE LA TOUR

EL TENEBRISMO EN FRANCIA

Es sabido que en ocasiones la realización de un determinado viaje acaba por marcar la trayectoria posterior de un artista. Tal vez esta fuese la experiencia que vivió el pintor barroco francés Georges de La Tour (hacia 1593-1652), aunque no podamos afirmarlo de forma documentada. Sabemos que el artista nació en el seno de una humilde familia de la región de Lorena y es muy probable que su formación inicial como pintor se desarrollase en los ambientes artísticos de su pequeña ciudad natal. Años más tarde, habiendo ya contraido matrimonio, lo encontramos asentado en la capital de su región, gozando de cierta fama y realizando encargos para importantes personajes de la zona, hasta su muerte en la epidemia de peste de 1652.

Georges de La Tour. Izquierda: "Santo Tomás" (1615/20). Tokyo. Derecha: "Músico ciego tocando la zanfonía" (¿1610-1630?). Madrid.

Sin embargo su pintura muestra unas características estilísticas que lo aproximan enormemente al naturalismo de Caravaggio. Por ello, numerosos historiadores del Arte han especulado, sin pruebas concluyentes que lo documenten, con la idea de que el artista debíó realizar hacia 1610/1615 un viaje de aprendizaje a Italia, donde podría haber conocido de forma directa las obras del maestro de tenebrismo. En todo caso, tampoco se descarta que el viaje de La Tour no tuviese como destino Italia, sino Holanda, donde igualmente podría haber recibido influencias del naturalismo, y que se realizase en fechas algo posteriores. E incluso, cabe considerar que La Tour no se moviese de su región y que conociese de manera indirecta las obras con las que podemos asociar su propio estilo.

Georges de La Tour: "La Buenaventura" (1632-1635). Nueva York.

Por otra parte, debemos también tener presente que el descubrimiento de este pintor se ha producido en fecha bastante tardía (muchos de sus cuadros habian sido atribuidos a autores como Zurbarán) y que únicamente unas cincuenta obras pueden considerarse con suficiente certeza como salidas de sus pinceles. Entre aquéllas las hay de temática religiosa, pero algunas otras muestran escenas de la vida cotidiana. En todas ellas destaca el realismo exacerbado con el que el pintor afronta la representación de los personajes. Durante los primeros años de su carrera La Tour abordó la cuestión de la presencia de la luz en el cuadro de forma semejante a la que podemos contemplar en los lienzos de Caravaggio: los focos de iluminación, externos a la escena, provocan los característicos contrastes entre zonas visibles y oscuras.

Georges de La Tour. Superior: "Los comedores de avena" (1622-25). Berlín.
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Georges de la Tour: Izquierda: Jesús en la carpintería" (1642). París. Derecha: "Magdalena" (1640-45). París.
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Sin embargo, algo más adelante, el pintor francés profundiza en sus investigaciones acerca de la luz y alcanza su plena madurez, ofreciéndonos un tratamiento muy peculiar. Ahora sus escenas transcurren de noche o en interiores oscurecidos y la representación se hace visible al espectador gracias a la presencia de un único foco de luz artificial (generalmente, una vela), que ofrece contrastes violentos entre las distintas zonas del cuadro. Así tratada, la luz no pierde su tiempo en mostrarnos muchos detalles; atiende a lo principal de la representación, ya sea el rostro de alguno de los personajes o enseres diversos situados en primer plano. El resto queda envuelto en una oscura tiniebla habitualmente teñida de un tono rojizo.
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Hay dos obras de La Tour que siempre me atraen especialmente. Ambas abordan temas relacionados con la Navidad. En una de ellas asistimos a la adoración de los pastores, con un total de seis personajes. La otra es aún más lacónica: dos mujeres contemplan al recién nacido que porta en sus brazos una de ellas. En ambos casos hallamos un elemento común. En cada cuadro, uno de los personajes lleva una vela en una de sus manos, mientras con la otra hace de pantalla para que la luz se concentre en enfocar una determinada zona, en este caso en el rostro del bebé, que queda fuertemente iluminado. Poco más allá, la pobre luz de la vela se hace más tenue y acaba creando ese ambiente tan característico del pintor francés. Pero La Tour repasó a fondo la composición. Por eso en los dos cuadros el bebé está con los ojos cerrados. Claro, ¿qué recién nacido aguantaría un foco luminoso que se dirige a su rostro? Cuestión de matices. De luz.
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Georges de La Tour. Superior: "Adoración de los pastores" (1644). París. Inferior: "El recién nacido" (Hacia 1640). Rennes, Francia.
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En Artelista hay una breve biografía del pintor francés y se reproducen muchas de sus obras. Por otra parte, en esta página podéis descargaros una amplia PPT sobre Georges de La Tour con fondo musical de Narciso Yepes. Finalmente, leed en inglés este artículo sobre "El realismo de Georges de La Tour.

13 junio 2009

CALATRAVA EN VALENCIA

A PROPÓSITO DE UNAS FOTOGRAFÍAS

Hace un par de meses recibí en mi correo electrónico una presentación en la que se mostraban diversas imágenes de la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, ese amplio conjunto de edificios ideado por Santiago Calatrava (1951), y, en menor medida, por Félix Candela (1910-1997). En su estado actual, y a la espera de que pudieran añadirse nuevos elementos, se han levantado allí el edificio conocido como el Hemisférico (con un cine IMAX y un planetario), un Museo de las Ciencias, el Oceanográfico (un gigantesco acuario) y el Palacio de las Artes, además de otras construcciones como el Umbráculo (un paseo ajardinado), un puente atirantado y una plaza cubierta. La obra de Calatrava es suficientemente conocida por la originalidad de sus planteamientos, que no dejan indiferente a nadie: o atrapan a primera vista al espectador... o provocan en él un inmediato efecto de rechazo. En su momento analizaremos en ENSEÑ-ARTE la amplia producción de este arquitecto e ingeniero tan singular.

En esta ocasión quiero centrarme únicamente en las fotografías a las que acabo de referirme. Tras algunos despistes he logrado localizar en la Web a su autor y ponerme en contacto con él, para solicitarle permiso a efectos de reproducirlas aquí. Se llama JuanMa Álvarez, Kamuro, y es un fotógrafo aficionado (él mismo se define como reciente) que reside en Valencia aunque, casualidades de la vida, nació en Utrera (Sevilla). El interés de estas hermosísimas fotografías se basa en la combinación de los tres elementos que el fotógrafo nos presenta en ellas: las propias formas de los edificios, en su mayor parte captados tras el anochecer, y los sutiles reflejos que se proyectan sobre la superficie del agua.
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Disfrutad pues de las fotos de JuanMa Álvarez acompañadas de esa vieja balada que todos conocemos: "noches de blanco satén", de los Moddy Blues. Pero antes, una pequeña reflexión: ya sabemos que hoy cualquiera hace una fotografía. Las cámaras digitales han puesto este arte al alcance de cualquiera. Pero no todo el que hace fotografías es fotógrafo. Kamuro lo es, no me cabe duda. Y de los buenos.



Más información sobre la Ciudad de las Artes y las Ciencias en su Web oficial. Por otra parte, no dejéis de visitar el álbum de fotografías de JuanMa Álvarez en Flickr.

10 junio 2009

ARQUITECTURA 1950-2000

UN PANORAMA DIVERSIFICADO

No resulta fácil efectuar una rápida síntesis del panorama de la arquitectura en la segunda mitad del siglo XX. De un lado, debemos tener presente que en este periodo siguieron plenamente vigentes las grandes aportaciones que desde los años inmediatamente anteriores se habían efectuado por parte del movimiento racionalista y, en general, de lo que podríamos denominar como vanguardias arquitectónicas. De otro lado, en esta etapa, asistimos a una verdadera multiplicidad de propuestas arquitectónicas que vienen a responder a las variadas necesidades de una sociedad en acelerado progreso.

Óscar Niemeyer: "Congreso Nacional" (1958). Brasilia.

En este sentido, tres son las corrientes principales que podemos señalar:
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* En primer lugar, los principios constructivos del racionalismo, en sus diversas tendencias, continúan vigentes en los autores que conforman el denominado estilo internacional, que arraiga en profundidad en los Estados Unidos, como consecuencia de la labor docente y edificatoria que realizan allí los grandes arquitectos procedentes de Europa y, de forma muy destacada Mies van der Rohe y Walter Gropius. Sin embargo, hallamos también propuestas de este estilo en los planteamientos que, desde Brasil, hace Óscar Niemeyer, sin olvidarnos del ejemplo de planificación urbanística que efectúa Le Corbusier para la ciudad india de Chandigarh.

* En segundo lugar, y casi de manera simultánea, asistimos a la aparición del llamado estilo tardomoderno, de alguna manera heredero del anterior, pero con la novedad de introducir en sus construcciones elementos relacionados con la revolución tecnológica que incluso pasan a formar parte de la propia imagen exterior del edificio, tratando de ofrecer una nueva estética. Al mismo tiempo, se trata de recuperar algunos elementos procedentes de la tradición más clásica. Los italianos Aldo Rossi y Renzo Piano, el inglés James Stirling y el norteamericano Richard Rogers serían los más destacados arquitectos de esta tendencia.

Aldo Rossi: "Cementerio" (1971). San Cataldo, Italia.

* Una tercera tendencia arquitectónica puede ser denominada como estilo posmoderno, que cabría considerar como una crítica a los presupuestos básicos del racionalismo. No importa ahora únicamente la forma del edificio. Interesa también su decoración, al tiempo que se apuesta por recuperar elementos de las distintas tradiciones arquitectónicas del pasado, lo que deviene en una especie de nuevo historicismo arquitectónico. El norteamericano Robert Venturi y el español Ricardo Bofill son los más destacados exponentes de esta corriente que, no obstante, carece de un carácter unitario.

Robert Venturi: Casa Vanna (1962-64). Chestnut Hill (Filadelfia). EE.UU.

Pero, en cualquier caso, quizás quepa decir que ninguna de estas escuelas o, más bien, tendencias arquitectónicas llegó al nivel de planteamiento teórico que fundamenta la obra del racionalismo, aunque no han tenido problemas para desarrollar en la práctica sus planteamientos, favorecidas todas ellas por la vorágine constructiva que pareció sacudir al planeta a partir de la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Recorrer hoy los lugares centrales de las principales ciudades del mundo es bien demostrativo de ello. Había sitio para todos.

08 junio 2009

LOUIS SULLIVAN EN NUEVA YORK

BAYARD- CONDICT BUILDING

Nadie puede entender el origen de los modernos rascacielos sin tener presentes las aportaciones de los arquitectos de la Escuela de Chicago: William Le Baron Jenney, Louis Sullivan (alumno del anterior y quizás el más destacado miembro del grupo, maestro a su vez de Frank Lloyd Wright) y Dankmar Adler. El uso de los pilares de hormigón y de las estructuras de acero para aumentar la altura de los edificios, eliminando así los antiguos muros de carga, el empleo de superficies acristaladas en amplios ventanales o la tendencia a que la forma del edificio se adapte a la función que debe cumplir son algunas de sus características más relevantes.

Aunque nació en Boston y estudió arquitectura en Filadelfia, Louis Sullivan (1856-1924) se instaló en Chicago en 1873, siendo aún un muy joven arquitecto, justo dos años después del gran incendio que destruyó la ciudad, atraido sin duda por las grandes posibilidades que se ofrecían para la reconstrucción de los terrenos arrasados por el fuego. Fue allí donde Sullivan realizó la mayor parte de sus proyectos (varios de los cuales no han sobrevivido desgraciadamente al paso del tiempo), y donde se encuentran algunas de sus obras más conocidas.

Sin embargo, y en relación con lo que veremos más adelante, Sullivan realizó un prolongado viaje a Europa, estudiando durante un año en la Escuela Superior de Bellas Artes de París. En ese periodo, el joven arquitecto pudo conocer a fondo las formas características del Renacimiento y mostró un especial interés por las obras de Miguel Ángel. Al mismo tiempo, desarrolló una elevada sensibilidad respecto al uso de repertorios decorativos en los edificios, preferentemente en las fachadas. De forma que no es raro encontrar en sus obras elementos como arcos, frisos decorados con bajorrelieves de motivos vegetales e, incluso, esculturas.

Pasó el tiempo y Sullivan regresó a Chicago, donde sus diseños acabaron por convertirlo en un arquitecto de enorme prestigio. Hasta tal punto que en 1897 fue reclamado para construir un edificio en Nueva York que finalizó dos años después, su única obra en esta ciudad y uno de los primeros rascacielos de la misma, aunque en este caso hablemos de una construcción para oficinas que posee doce plantas y terraza, el Bayard-Condict Building, ubicado en el Bajo Manhattan. La estructura de la construcción no queda, evidentemente, a la vista, pero es la habitualmente empleada en las obras de Sullivan. En ella se dan la mano el acero y el hormigón armado, lo que da como resultado la amplitud de la superficie acristalada que permite inundar de luz el interior del edificio.

Sin embargo, lo más llamativo de este primitivo rascacielos es el programa decorativo que ocupa toda su fachada principal, de bastante alejado de la ausencia de elementos decorativos que suele caracterizar a los edificios circundantes. Esa decoración se basa en la presencia de estilizados pilares y columnillas verticales (reflejos de la propia estructura interior), que arrancan a nivel de la segunda planta y se prolongan en altura, hasta la última, donde rematan en dobles arcos de medio punto. Horizontalmente, cada planta se separa de las demás mediante un friso corrido decorado con motivos vegetales y (en la última planta) con cabezas de león.. De este modo, todo el espacio de la fachada queda compartimentado formando una especie de retícula en la que se inscriben los ventanales. Aún es más abundante la decoración que corona el pórtico de entrada.

Pero si el observador atento dirige su vista a lo más alto del edificio, bajo su cornisa, encontrará un motivo decorativo ciertamente sorprendente en la ciudad de los rascacielos. Allá arriba hallará seis esculturas de ángeles (por cierto, femeninas) de amplias alas y con los brazos extendidos, enmarcando la arquería superior. Esas figuras no fueron idea de Sullivan, sino una exigencia de Silas Alden Condict, que le había encargado el edificio. Y allí los puso el arquitecto, a cuarenta metros de altura. Para echarse a volar.
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Más información sobre Sullivan (en inglés) en la Web del Museo de Historia de Chicago. Sobre el edificio, podéis descargaros en PDF la amplia ficha del Inventario nacional de Lugares Históricos, obviamente en inglés y ver esta otra ficha, con varias fotos.
 

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